Una invitación a acompañar la vida digital de niñas, niños y adolescentes

Por Florencia Forné

En 2018 leí un artículo que hablaba sobre las vivencias digitales de una mamá. Contaba que, mientras acompañaba el momento del baño de sus hijos, usaba el celular para mirar información, responder mensajes o simplemente distraerse. Un día decidió no usarlo y contar cuántas veces sus hijos la buscaban con la mirada, le mostraban un juguete o la llamaban solo para tener su atención. Fueron muchas.

No recuerdo exactamente dónde estaba cuando leí ese texto. No sé si fue en la cocina, en el cuarto o en el comedor. Lo que sí sé es que muchas veces lo digital nos abstrae del entorno; al menos a mí me pasa. Lo que recuerdo con claridad es que mi hijo tenía seis años y que algo de esa historia me tocó profundo. En ese momento yo pasaba muchas horas frente a una pantalla: trabajaba en comunicación, gestionaba redes sociales, pensaba contenidos, escribía publicaciones que buscaban impacto y “me gusta”. Ese texto me hizo frenar.

Decidí despedirme de mis redes personales. No de las pantallas —eso hubiera sido imposible—, sino de una forma de habitarlas. Sentí que estaba, de algún modo, hackeando el sistema: ganando tiempo, creando amor, recuperando presencia.

En casa empezó a pasar algo distinto. Había otra mirada esperándome. Otros “me gusta” mucho más importantes: “me gusta jugar a esto”, “me encanta esta comida”, “me importa lo que me contó mi amigo en la escuela”. Quedó poco filmado y poco compartido para seguidores y amistades online. Las fotos que sacábamos eran las que después íbamos a imprimir. A fin de año armábamos álbumes, y ese ritual tenía un disfrute que todavía hoy recuerdo con emoción. Incluso tengo fotos del año pasado esperando ser impresas.

Después llegó la pandemia y sentí que todo lo construido se desarmaba. El trabajo entró a casa, la crianza convivió con reuniones y clases virtuales, y muchas veces la pantalla fue la única manera de sostenerlo todo. Aparecieron los videojuegos. A veces el tiempo se podía regular; a veces no.

Cuidar en un mundo hiperconectado no es sencillo. Vivimos en una lógica donde pertenecer implica conocer “ese juego”, mirar ese video o esa serie, suscribirse a determinado canal. Niñas, niños y adolescentes están comenzando ese camino, y nosotros, los adultos, lo seguimos aprendiendo y transitando día a día. Entonces la pregunta aparece rápido: ¿podemos privar a nuestros hijos e hijas de eso? Yo entendí que no.

Con el paso del tiempo, sin embargo, me descubrí a mí misma y a mi hijo scrolleando en silencio, cada uno en su mundo. Y ahí algo volvió a ser claro: la primera que podía cambiar ese hábito era yo. Porque yo soy la adulta. Yo soy la del cuidado.

Empecé entonces a interesarme de verdad por lo que él miraba. Aunque no me gustara. A hacer preguntas simples y genuinas —no todas a la vez—: por qué te gusta, quién es es ese youtuber, por qué habla así. No como interrogatorio, sino como puente. Y ese puente empezó a abrir puertas.

De repente aparecieron relatos que no hubieran llegado de otra forma: una foto compartida sin permiso, un sticker burlón con la cara de un compañero, un grupo creado para criticar a una chica del centro educativo. Historias que también escuché después en adolescentes con quienes trabajo, en espacios comunitarios y educativos.

A esas historias no se llega solo hablando. Se llega escuchando. Se llega acompañando el mundo digital del otro, prestando atención real. A veces no hay que decir nada. A veces alcanza con estar y ayudar a equilibrar el tiempo que dedicamos a las pantallas. Algunas herramientas pueden colaborar como revisar en nuestros ajustes la opción de “Bienestar digital” o los controles parentales, pero nada reemplaza la presencia adulta y disponible.

Es cierto: muchos niños y niñas navegan internet sin meterse en problemas, y eso es una buena noticia. Pero también sabemos que existen riesgos que atraviesan todas las edades: el contenido inapropiado, la pérdida de privacidad, el ciberacoso, la seducción en línea, la exposición excesiva. Hoy se suman desafíos nuevos: imágenes falsas creadas con inteligencia artificial, perfiles engañosos, humillación entre pares. Aunque esas imágenes no sean reales, el daño sí lo es.

En este escenario, una de las tareas más importantes que tenemos como familias, iglesias y comunidades es convertirnos en adultos de confianza. Adultos que escuchan sin juzgar ni avergonzar, que mantienen la calma cuando un niño, una niña o un adolescente pide ayuda, que acompañan y toman medidas cuando algo ocurre, y que también son amables consigo mismos, porque nadie llega preparado del todo para estos desafíos.

En los Evangelios, Jesús se acerca a las personas caminando con ellas. Escucha antes de explicar. Acompaña antes de corregir. Tal vez hoy, acompañar la vida digital de niñas, niños y adolescentes tenga mucho de ese gesto: caminar al lado, preguntar, ayudar a poner palabras y sentido a lo vivido.

En una de sus cartas, Pablo escribe: “Todo me es lícito, pero no todo conviene”. No es una invitación a prohibirlo todo ni a volver al legalismo. Es una invitación a discernir. En Cristo —unidos a Él— somos libres, y es justamente desde esa libertad que somos llamados a hacer el bien. A elegir lo que cuida la vida, lo que construye vínculos sanos, lo que no daña. Discernir, entonces, no es controlar, sino aprender a vivir la libertad siguiendo el ejemplo de Jesús, integrando su espíritu bueno, justo y pacífico también en el mundo digital.

Nada de esto se resuelve con una charla aislada. Requiere tiempo, presencia y comunidad. Requiere conversaciones que empiezan temprano y se sostienen en el tiempo, cuidando que no se vuelvan pesadas o repetitivas. Requiere enseñar a pensar críticamente, a verificar información, a cuidar lo que se comparte. Requiere hablar de cuerpo, consentimiento, límites y vínculos sanos, tanto en el mundo físico como en el digital.

Las iglesias, los clubes, los centros educativos y los espacios comunitarios tienen un rol fundamental como redes de cuidado. No para ocupar todos los espacios —porque el mundo digital existe y seguirá existiendo—, sino para ayudar a niñas, niños y adolescentes a encontrarle un lugar y un tiempo sano en sus vidas. Cuidar hoy implica estar presentes, discernir juntos y animarnos a caminar acompañados, también en internet.

Sitios de interés: 

Unicef

Faro digital 

Netzsmarts

Florencia Forné es uruguaya. Comunicadora y educadora, con más de 20 años de experiencia en la promoción y protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes. Ha trabajado en comunicación, educación y participación desde un enfoque de derechos, tanto en ámbitos institucionales como comunitarios.
En 2022 comenzó a colaborar con CLAVES a través de la campaña Un trato por el buentrato, junto al colectivo Contra la Pared, vínculo que se sostiene hasta la actualidad. Participó en la campaña Uruguay, país de buentrato, realizando talleres con iglesias para la prevención y erradicación de la explotación sexual infantil y adolescente. Es tallerista en acciones de capacitación y creación de contenidos de Mi Enlace Seguro. En 2025 integró el equipo organizador del Campamento de Promotores del Buentrato y comenzó a aportar en la actualización del material Jugando nos fortalecemos, con foco en la seguridad en entornos digitales.